Sobre el proyecto

El libro Construcción y destrucción de conventos del siglo XVI. Una visión posterior al terremoto de 2017 constituye una aportación desde la sociedad civil para la investigación, reflexión y divulgación sobre las consecuencias derivadas de los sucesos de 2017 en una serie de edificios considerados monumentos, siendo algunos de ellos parte de la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Este proyecto es resultado del amor al patrimonio, la historia y la identidad de nuestro país.
En este cometido, se entrelazan la academia y la gestión cultural. En primer término, la investigación del equipo encabezado por la Dra. Alejandra González Leyva de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y después el programa de divulgación concebido por Marco Antonio Silva Barón, historiador del arte, curador y gestor cultural independiente.
El texto obedece al profundo interés y convencimiento que el cometido de la conservación y preservación de los edificios es de suma relevancia para México y el mundo. Si bien por ley son las instituciones del Estado las responsables de proteger los inmuebles en comento, la sociedad civil debe también tener cabida e involucrarse activamente en los procesos, así como las discusiones en torno a las políticas y protocolos que se apliquen a los objetos patrimoniales.
Son diversos los entes que tienen agencia sobre los monumentos objeto de este estudio y hay una multiplicidad de repertorios interpretativos que infieren sobre ellos. Por un lado, se encuentra la derivación oficial, que los considera dignos de conservación y estudio por su importancia histórica según la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos (1972). La Academia, por otro lado, los considera parte esencial de los procesos de evangelización, historia colonial, así como la historia del arte mexicano.
Durante siglos, los conjuntos conventuales fueron la piedra de toque de un proyecto de sociedad basado en la fe y la añoranza por la salvación, empero son edificios que también atestiguan manifestaciones culturales más amplias y complejas: El arte, la técnica, la energía y las ambiciones de la cultura material virreinal, las vicisitudes de un siglo de independencia convulso, confuso y de ambiciones contradictorias, y un México moderno que si bien legisla para proteger los monumentos, atraviesa para lograrlo por un proceso de ensayo y error que deviene en afectaciones, alteraciones y modificaciones que contribuyen a la problemática de conservación de los inmuebles.
No obstante, acaso más importante, es que los edificios en comento son parte integral de las comunidades en las que se encuentran. Los templos son todavía espacios de culto vivo, y si bien los conventos cerraron hace mucho tiempo, dichos inmuebles permanecen como referentes de la comunidad, así como puntos de referencia de las comarcas en las que se encuentran. Para muchas personas, los ex conjuntos conventuales son parte de algo difícilmente mensurable pero determinante en importancia, su identidad. El orgullo en su existencia se convierte en algo vital y sobrepasa cualquier legislación o proceso burocratizante del patrimonio.
Los edificios son dispositivos del ciclo vital. La población nace, crece y muere con ellos alrededor. Los ritos de paso, las ceremonias que marcan los antes y después ocurren en sus templos. En ellos sucede el regocijo y la ilusión de nombrar a un nuevo integrante de la comunidad, se hacen votos ante la divinidad y la sociedad para formar nuevas familias y en muchos casos la comunidad se hace allí una para despedirse de los finados. Todo se repite una y otra vez. Las vetustas paredes y las tradicionales capillas son testigos de alegría, ilusión, congoja y resignación, los siglos transcurren, las potestades de los inmuebles cambian, pero los hábitos comunitarios, aquellos que dan coherencia y estructura a los lugareños, continúan.
A veces el patrimonio es carne de cañón. Las piedras no pueden defenderse. Si las condiciones así lo permiten, son objeto de escarnio por las vicisitudes económicas, sociales o ideológicas del momento. Son objetivos de agresiones por la prominencia de su locación, por la importancia de su símbolo o simplemente están en el paso de los que se sienten agraviados.
El texto de la Dra. González Leyva sirve para reflexionar sobre el devenir de los edificios y es asimismo un adecuado instrumento para conocer el estado de la cuestión. Al principio nos introduce al Nuevo Mundo virreinal en el que se gestó la gran arquitectura frailuna, resumiendo el complejo proceso de la ocupación y desarrollo territorial novohispano, para después explicar el tema de la transformación religiosa de los naturales del reino comúnmente conocida como conquista espiritual.
De gran relevancia para la historia de la arquitectura mexicana resulta el conocimiento de las edificaciones ejecutadas en las laderas del Popocatépetl. Las ancestrales tradiciones y los hábitos religioso-espaciales heredados de Europa se trasladaron a la Nueva España, mas, debieron de adaptarse y modificarse según las condiciones encontradas en Mesoamérica, lo cual, por ejemplo, dio como resultado la invención de las capillas al aire libre, producto de la experimentación de los frailes para encontrar un vehículo para realizar su cometido, pero entendiendo los modos de congregación religiosa que las poblaciones nativas realizaban de siempre.
En el capítulo referente a la construcción de los inmuebles, la autora adentra al lector en los paradigmas urbanísticos heredados del Renacimiento y explica los restos que quedan de los mismos en las poblaciones que estudia, del mismo modo relata los procesos, técnicas y materiales que intervienen en la erección de la arquitectura conventual, no dejando de lado ninguno de los temas contenciosos de lo anterior, como pueden ser la autoría o la complejidad técnica en la erección de aquella arquitectura primigenia. Precisamente una aportación de este libro es el estudio realizado a materiales de diversos componentes de los maltrechos edificios estudiados.
De vital importancia para esta publicación y que corresponde al quid de la cuestión, es el entrelazamiento del análisis arquitectónico, historia, historia del arte y estudio de las formas. En el texto, merced al rescate documental y confrontado a lo anterior, se desmonta ya sin ninguna duda el romántico ideal, o más bien ilusión, que la arquitectura frailuna fue creada de jalón y que de alguna manera permaneció inmune al paso del tiempo, inmune a las vicisitudes naturales y prácticas de sus locaciones.
La autora debate, tras la hecatombe sísmica, sobre las consecuencias de los paradigmas de restauración aplicados a lo largo del tiempo a los edificios dañados, propone ideas y aporta conclusiones profundamente valiosas que hacen reflexionar sobre la viabilidad de conservación del patrimonio discutido. Su testimonio sobre el estado en que encontró los inmuebles dañados funcionará como un referente de suma relevancia para las generaciones futuras que tengan que lidiar, inevitablemente, con nuevos daños y retos producto de las decisiones en conservación y restauración, aunadas al fatídico e inevitable fenómeno de los sismos.
Si bien nada es eterno, nada es perenne, nada queda intocado por los avatares temporales, vale la pena estudiar, conservar y difundir los tesoros arquitectónicos de las laderas del Popocatépetl, sus muros hablan volúmenes sobre nosotros y quién hemos sido y somos.
Marco Antonio Silva Barón
Ciudad de México, 2019







